Estos días no me acompaña una claridad cristalina. Y cuando la cosa se pone turbia lo mejor es quedarnos un ratico en nuestro refugio interior. Búscalo primero en tu cuerpo, ese lugar que sientes seguro, tu centro de gravedad. Una vez localizado, cierra los ojos y vístelo con la imaginación: puede ser una habitación o un claro en el bosque. Al poner tus manos físicamente en ese lugar de tu cuerpo, puedes transportarte a otro sitio, tan real como la piel que tocas.
Si lo necesitas, vuelve a tu refugio. Coge fuerzas. Y ya. No somos tan importantes.
(Digo esto mientras voy desempolvando los vestidos de flores y las patas de fauno).











