La fe
Querido visitante: esta es una correspondencia entre dos personajes que me habitan, Gabi y Lía. La primera es mi parte expansiva, viajera, curiosa. La segunda es mi parte tranquila, profunda e introvertida. Ponerlas a hablar entre ellas es una manera de lidiar con mis contradicciones. Y de aprender a amarlas.
La primera carta aquí.
La anterior a ésta, aquí.
Querida Gabi:
Ando turbia estos días. Soy una corriente enfangada tras la tormenta. Arrastro sedimentos color ocre que ralentizan mi ritmo.
Ya sabes que no me gusta compartirme cuando me encuentro así. Prefiero hacerlo en mi versión luminosa y viva. Pero no quería demorar más esta carta. No cuando andas lejos y estas palabras son el hilo que nos une.
Si no traigo luz, ¿para qué sirvo? Aprendí muy pronto a valer para algo. Los demás se quedan si ofrezco luz, paz, necesidades colmadas. ¿Alguien se quedaría a mi lado cuando no soy ninguna de estas cosas? Ya oigo tu voz en mi cabeza gritando un “sí” gigante pero al que hay que convencer es al corazón. Susurrarle que no estará solo si se convierte en tormenta. Si es solo agua estrellándose contra suelo. Rompiendo la tierra. Anegando los túneles. Humedad y frío.
Agua que no riega apacible ningún campo. Agua que no apaga la sed. Agua que es catástrofe y luego… solo agua turbia.
No ha pasado nada grave. Una acumulación de alquitrán en el pecho y en las manos. Mi tendencia al dramatismo que ya podría rentabilizar sobre un escenario. Y, al mismo tiempo, cuesta quitar estas manchas.
Vivo días de polaridad. Momentos que traen una sensación amarilla y radiante de hogar y otros que me dejan en una película de posguerra en blanco y negro. Dirás que exagero pero te aseguro que se siente así. Me paso parte del día intentando acomodar los fotogramas. Agradezco el silencio de la casa que me devuelve a mí. A un adentro que puedo reconocer.
Por eso no puedo contestar a tu pregunta. No se ignorar la mugre del mundo, que yo llamo alquitrán. No se vivir sin mancharme. Ni siquiera creo que sea posible. Lo que me permite navegar estos días es saber que todo cambia. Igual que hoy soy arroyo sucio, mañana puedo volver a ser río azul y verde. Y no es sólo cuestión de dejar pasar el tiempo. Tiene que haber un movimiento interno, una especie de fe en el cambio. La confianza de que lo que necesitas te será revelado. Quizás a través de un amigo. Un mensaje en un libro. Una palabra cazada al vuelo. Y cuando la tengas ¡pum! algo explotará en tu cabeza.
Nos ha pasado antes. Nos volverá a pasar. Guarda la luz y la sombra de cada experiencia porque nos va a hacer falta.
Espero mi regalo con mucha ilusión. Sigue contándome de tus viajes. Yo te contaré de las cosas gigantes que vivo en los recorridos pequeños que conoces. Las calles que llevan a lugares comunes. Las cuatro paredes con un ventanal infinito. Si lo abro, entra el viento desde los cuatro puntos cardinales.
Te quiere, Lía.


