Hiedra
Querido visitante: esta es una correspondencia entre dos personajes que me habitan, Gabi y Lía. La primera es mi parte expansiva, viajera, curiosa. La segunda es mi parte tranquila, profunda e introvertida. Ponerlas a hablar entre ellas es una manera de lidiar con mis contradicciones. Y de aprender a amarlas.
La primera carta, aquí.
La carta anterior, aquí.
Querida Gabi:
Hace unos días tuve un sueño. Había una pequeña hoguera. Al principio solo era capaz de admirar ese punto de luz. Un círculo rodeado de oscuridad. El fuego era azulado por fuera y blanco en el centro. Danzaba nervioso y vivo.
De repente soy el fuego. Mi cuerpo incandescente alumbra una enredadera, que crece en torno a mí. Sus formas vegetales sufren espasmos de movimiento por el juego de luces y sombras. No soy capaz de ver más allá de las hojas verde oscuro. Son densas como alquitrán. La humedad que encierran sus ramas roza mi piel. Me inflamo ante su aliento helado. Mi calor no es suficiente para hacerlas arder.
Me doy cuenta de algo. Aquella planta adquiere formas que puedo distinguir. Tienen sentido para mis ojos oníricos. Veo en ellas escenas. Acontecimientos de un pasado reciente. Noto cómo las raíces gruesas salen de la tierra y estrangulan mis tobillos. Apenas puedo moverme. Miro con ojos gigantes, paralizada.
Ahí desperté. La pesadez me acompañó días. Ropa mojada. Reconozco la hiedra de mis pensamientos. Los tirones del pasado. Hay cosas que no quiero o no puedo resolver. Se que me ayudarían tus palabras. Pero tú estás en tu propia tormenta.
Así que hice esto: me senté, cerré los ojos y desde la vigilia volví a ese lugar. Imaginé la hoguera azul, la pared vegetal, las raíces sujetando mis tobillos. Me vino tu imagen, Gabi. Eras un caballero capaz de usar la espada. Te vi desenvainarla y mirarme. El filo brilló un segundo. Fue lo que necesitaba para crear yo misma una espada. Grande y ligera a vez. Afiladísima. Corté, corté las raíces leñosas. Mi luz se volvió naranja, luego roja y amarilla. Me lancé sobre la enredadera con determinación. Olía a madera quemada. Sentí los arañazos de las ramitas más finas. Abrí una brecha. Al otro lado había un camino yermo. La noche era un zumbido de estrellas. Había dejado de ser fuego. Solo era un cuerpo desnudo. Con cada paso crecía la hierba bajo mis pies.
Acabo de cruzar un umbral. Tú pasarás el tuyo. Confío en que así será.
Se que la hiedra puede volver a crecer. Hacerse fuerte en el silencio de mi sombra. Cercarme. Pero ahora tengo una espada, Gabi. Para quitar la maleza cuando no me deje ver. Las veces que haga falta.
Todos necesitamos un horizonte para soñar sueños nuevos. Y con suerte y ganas, convertirlos en realidad.
Mi querida Gabi: si hoy te desdibujas que sea para crear un nuevo contorno. Date una forma que no hayas visto aún. Vuelve a trazar tu silueta.
Si una mirada nos puede hacer existir, te presto mis ojos.
Lía.


